Todos los años...
Un año más separada de mi ahora mujer en festivos durante 10 días. Si de normal ya se hace aparatoso, da pena o cosas así, este año se suman dos factores terribles. Uno de ellos me afecta a todas horas y me hace sentir como me siento ahora, incómoda en mi propia casa: la no-adaptación de los gatos.
Desde febrero vivimos con la casa separada en puertas y estar sola aguantando al gato de turno llorando es agotador. Agotador. Agotador. Agotador. Agotador. Agotador. Agotador...
Porque no se conforman con estar contigo, te demandan casito tras estar dos horas solos llorando y arañando la puerta. Cuando te ven, en tu intercambio rutinario de zona, te exigen jugar, que les mimes, que les quieras. Y tú estás agotada, pero lo haces. Es un dinamismo que se puede "llevar" dos días, pero se hace inmasticable durante más de una semana.
Mientras estás haciendo como buenamente puedes la fiesta al gato que te toca, el otro llora. Y llora. Y llora. Y llora. Y llora. Y llora. Y llora. Y llora. Y llora. Y llora...
Tu casa está dividida. La zona de comer está con el otro gato y ahora no te toca allí. Ahora está callado, de modo que piensas que si vas a por algo y vuelves a donde te corresponde, el gato que está solo "tranquilo" esos instantes se puede activar y empezará otra vez a llorar. Por lo tanto, decides no comer. Decides no ir al baño. Decides no ducharte. Decides no jugar con eso que te apetecía. Decides no limpiar. Decides no barrer. No lo decides, no decides nada. La situación es la que es y te impulsa a hacerlo de esta manera o, de lo contrario, nuevos lloros comenzarán.
Me muero de sed, pero para llenar el agua tengo que cruzar la puerta del pasillo y pasar por donde está el gato que ahora debe estar solo. Y si me ve, se llevará una idea errónea, se creerá que voy para quedarme con él y sólo voy a pasar un momento a por agua. Y comenzará a llorar.
Estoy agotada. Es agotador. Por favor, que pase pronto.